Sesenta años después de Hiroshima y Nagasaki, no está claro cuál fue la responsabilidad de los científicos que trabajaron en el Proyecto Manhattan y fabricaron la bomba atómica. No están claras tampoco las razones por las cuales se la arrojó sobre un Japón ya derrotado. No está claro si efectivamente el horror de Hiroshima muestra el fracaso definitivo de la razón tecnológica y la idea de progreso. Nada está claro: todo está oscuro, como la negra nube de espanto que destruyó, en segundos, una ciudad entera y se cobró ochenta mil víctimas de un golpe.